La valentía y el compromiso, dos cualidades básicas para avanzar en la justicia, dos cualidades que han debido superar fronteras geográficas y temporales para devolvernos la imagen frágil y fuerte, dulce y sin miedo de Adelina Kondratieva.
Adelina nació en Buenos Aires, de padres rusos emigrados, conoció la URSS cuando en 1932 su padre, sobre el que pesaba una condena a muerte por sus convicciones políticas, decide volver.
En 1937, y con identidades falsas, su padre, su hermana y ella deciden atravesar clandestinamente toda Europa, rumbo a España, para colaborar con las brigadas internacionales. Por su conocimiento del idioma español, Adelina es destinada como intérprete y traductora en la Aviación republicana. Allí consigue la graduación de teniente, algo poco usual teniendo en cuenta su género.
En 1941, aprende italiano para ejercer como intérprete de los prisioneros italianos durante la invasión nazi. El trato que se les daba a estas personas la enfrentó directamente con sus superiores. Ser mujer tampoco fue un obstáculo en este caso para defender sus ideas.
Pero Adelina no lo tuvo fácil. Una mujer con semejantes valores y en un mundo donde el totalitarismo ganaba las batallas, ¿cómo lo iba a tener fácil? Cualquiera en similares circunstancias habría abandonado, pero ella no, y lo sigue sin hacer. Hoy, con 91 años, ejerce como presidenta de la Asociación Guerra y Exilio, y mantiene una constante relación con los niños de la guerra y con los brigadistas de todo el mundo. Su vitalidad no tiene límites y su energía se contagia a través de su mirada, una mirada limpia a pesar de todo lo que ha visto.
Tuve la suerte de conocerla hace unos días. Su sentido del deber y de la justicia son el reflejo de ese mundo que aspiramos a construir y su fortaleza, toda una inyección de esperanza.